Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz sino viene acompañada de equidad , verdad, justicia, y solidaridad.
Los medios de comunicación han acostumbrado a ciertos sectores sociales a escuchar lo que «halaga los oídos».
La espiral de la violencia sólo la frena el milagro del perdón.
La democracia necesita de la virtud, si no quiere ir contra todo lo que pretende defender y estimular.
Solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad.
Me afecta cualquier amenaza contra el hombre, contra la familia y la nación. Amenazas que tienen siempre su origen en nuestra debilidad humana, en la forma superficial de considerar la vida.
El respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad.
El hombre es esencialmente un ser social; con mayor razón, se puede decir que es un ser familiar.
La violencia jamás resuelve los conflictos, ni siquiera disminuye sus consecuencias dramáticas.
No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón.
La guerra es siempre una derrota de la humanidad.
Los creyentes de todas las religiones, junto con los hombres de buena voluntad, abandonando cualquier forma de intolerancia y discriminación, están llamados a construir la paz.
No habrá paz en la tierra mientras perduren las opresiones de los pueblos, las injusticias y los desequilibrios económicos que todavía existen.
La paz exige cuatro condiciones esenciales: Verdad, justicia, amor y libertad.
Cuando al hombre se le pone como medida de todas las cosas, se le convierte en esclavo de su propia finitud.
El desarrollo es el nuevo nombre de la paz.